miércoles, 16 de junio de 2010

De los cielos los vieron llegar





Enrique Manson
DERF

“–Buenos Aires nunca fue bombardeada por marinos extranjeros”José María Rosa al capitán Ghandi durante su prisión en 1955.

El 26 de abril de 1937, durante la Guerra Civil española, la Legión Cóndor de la aviación alemana bombardeó a Guernica, capital cultural e histórica del país vasco. El atentado a la ciudad abierta produjo, según algunas versiones, unos trescientos caídos, aunque estudios más precisos hablan de 126 muertos. En Guernica vivían unas 5.000 personas, a las que se agregaban las tropas, que se marchaban para la defensa de Bilbao, y refugiados que huían del avance del ejército franquista. En ese momento no tenía ningún tipo de defensa antiaérea.

Pablo Picasso expuso en el pabellón de España en la Exposición Internacional de París de 1937, su famoso cuadro Guernica. Se dice que un alemán le preguntó algo así como “-¿Esto lo hizo usted?”, a lo que el pintor malagueño habría respondido “-No. Lo hicieron ustedes.” El bombardeo de la ciudad vasca ha quedado, con ayuda de Picasso, famoso y conocido en el mundo entero.

El 16 de junio de 1955, Buenos Aires, capital argentina y poblada por millones de habitantes, sufrió un ataque similar. Tampoco había en la Plaza de Mayo defensa aérea alguna, ya que no se vivía una situación de guerra. Los muertos, nunca bien calculados, superaron los trescientos.

Pese a ser una acción de una guerra civil, de un enfrentamiento entre hermanos, el bombardeo de Guernica fue ejecutado por aviones extranjeros y hoy es recordado por los historiadores del mundo. Como dijera el historiador José María Rosa, Buenos Aires nunca fue bombardeada por marinos extranjeros. Los muertos de la Plaza de Mayo debieron esperar 53 años para que, por iniciativa de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y por obra de la escultora Nora Patrich, se instalara un monumento en su homenaje.

El gobierno de Juan Domingo Perón, con la inspiración y el sacrificio de Eva Perón, transformó profundamente a la Argentina de mediados del siglo pasado. Como dice Fermín Chávez, “...El peronismo significa la recuperación de lo social como realidad anterior a las formas políticas del liberalismo y del Estado de Derecho liberal-burgués: ese componente básico que, por lo demás, está en las entrañas de la tradición política hispanoamericana.

...En términos generales, Perón vino a reintegrarle al hombre común marginado su capacidad política y a convertir en protagonista al ‘descamisado’ y al ‘cabecita negra’, para instalar una columna vertebral nueva en el proceso político-social de los argentinos.” Pero el General sabía que “para hacer una tortilla hay que romper algunos huevos.”

La transformación del país propuesta por el justicialismo tocaba intereses poderosos. En primer lugar afectaba el modelo mundial propuesto por los vencedores de la guerra. En nuestro país, los intereses vinculados al modelo tradicional, resistían el cambio hacia un modelo industrial independiente. Por eso la oposición contaba con fuerzas más poderosas que la reducida minoría legislativa. La resistencia estaba en las corporaciones de los sectores económicos tradicionales como la Unión Industrial o la Sociedad Rural. Los elegantes caballeros que la integraban nunca dejaron de soñar con el derrocamiento del hombre que había sancionado el Estatuto del Peón.

Si parte de los sectores medios se sumó al peronismo, no fueron pocos los que militarían en la vereda de enfrente. Arturo Jauretche ha descripto el fenómeno de quienes habían sido la modesta “clase alta” del barrio o del pueblo del interior y, sin perder materialmente nada, se sintieron invadidos por el ascenso de los “negros”, que ahora los obligaban a hacer “cola” en el almacén, donde antes recibían el trato personalizado del almacenero.

Muchos de ellos olvidaban que sus padres habían formado parte de la “chusma” radical, que había protagonizado un ascenso similar un par de décadas atrás, provocando el desagrado de los señores. También se hicieron “contras” -como los llamaban los peronistas- muchos empleados públicos y docentes, todos ellos de clase media, que fueron fastidiados con presiones gratuitas, como la afiliación muchas veces obligatoria al Partido Peronista (Lo que en muchos casos nacía de la intención de hacer meritos de oscuros jefes de oficina o no menos grises directoras de escuela, pero que las autoridades toleraban), o la propaganda oficialista que se fue haciendo cada vez más abrumadora, sin que con ella se convenciera a ningún opositor, ni tampoco a los peronistas, que no necesitaban que los convencieran. No faltó el comerciante minorista más molesto por la política de precios máximos que feliz por que había aumentado su clientela.

Comprobado que era imposible vencerlo en las urnas, los opositores se lanzaron prontamente a la conspiración. Golpes y atentados fracasaron en 1950, 1951, 1952 y 1953. En 1954 estalló un conflicto entre el gobierno y la jerarquía católica. Los adversarios del peronismo, ebrios de fe religiosa, se enancaron en él para lograr su caída. El plan consistía en bombardear la Casa de Gobierno para matar a Perón. Producido el crimen, fuerzas de la infantería de marina ocuparían la casa Rosada, mientras comandos civiles y militares comprometidos se pronunciarían para arrastrar al grueso de las Fuerzas Armadas.

El ataque debía empezar a las 10 de la mañana, pero las malas condiciones meteorológicas lo obligaron a postergarlo hasta las 12,40 en que un avión Catalina se lanzó sobre la sede del gobierno y lanzó la primera bomba. Cerca de 40 aviones, que incluían algunos Gloster Meteor de la Fuerza Aérea, bombardearon y ametrallaron el centro de Buenos Aires, cuando ya el plan había fracasado.

A esa hora Perón estaba seguro, la III División no se había sublevado y la Infantería de Marina era expulsada por los granaderos -defensores naturales de la Casa Rosada- de sus posiciones. El bombardeo dejó la Plaza de Mayo y sus adyacencias sembradas por casi 400 cadáveres. Un trolebús repleto de pasajeros recibió un impacto directo. Una bomba, seguramente destinada a la Residencia Presidencial, estalló en la esquina de Las Heras y Pueyrredón. Recién a las 17,30, el último avión se decidió a seguir a sus camaradas que habían buscado refugio en Montevideo. No se privó de descargar sus bombas. Entre los que volaron al Uruguay estabal dirigente del radicalismo Miguel Ángel Zavala Ortiz.

Alguien, se supone que el mayor Cialcetta, habría hablado a la CGT para avisar lo que estaba ocurriendo. Alrededor de las 16 llegaron a la plaza camiones repletos de jóvenes activistas, dispuestos a dar, sin eufemismos, la vida por Perón. Este no aprobó el llamado: “ni un sólo obrero debe ir a Plaza de Mayo”.

Los jefes rebeldes, encerrados en el edificio del Ministerio de Marina fueron rodeados por la multitud que acompañaba espontáneamente al Regimento Motorizado “Buenos Aires”. La indignación de la gente hacía temer por sus vidas, a los sitiados. Recién se rindieron cuando el Ejército les pudo garantizar que no entrarían civiles al edificio. Olivieri y Toranzo Calderón serían juzgados y condenados a prisión. Gargiulo se suicidó.

Al caer la noche, fueron incendiadas varias iglesias céntricas, además de la Curia Metropolitana. “La calle estaba cubierta de víctimas gratuitas. Me encerré en mi casa, cobarde. Fue entonces cuando incendiaron las iglesias. Hacía meses que estábamos esperando eso. Desde mucho antes se sabía de la existencia de grupos de choque, de los que se decía que estaban adiestrados por un comisario retirado.” Los incendiarios habrían salido de Partido Peronista (que presidía Teisaire), del ministerio de Asistencia Social y Salud Pública (Raúl Bevacqua) y de un “servicio de informaciones”. Según Gambini , se suponía “responsables de los incendios a una logia masónica ligada a los revolucionarios.” No hubo ataques a templos en barrios humildes. Fue muy organizado. Según Potash, Embrioni le dijo que “Perón lo instruyó para que ordenara al jefe de Policía la protección de las Iglesias” Winston Churchill diría: “Perón es el primer soldado que ha quemado su bandera y el primer católico que ha quemado sus iglesias”

El presidente habló por radio a las 18. Su mensaje adelantaba las líneas principales de lo que sería su conducta en los meses siguientes, al exaltar los méritos de los militares leales y al advertir contra los posibles desmanes de sus partidarios:

“Deseo que mis primeras palabras sean para encomiar la acción maravillosa que ha desarrollado el ejército, cuyos componentes han demostrado ser verdaderos soldados, ya que ni un sólo cabo ni soldado han faltado a su deber. No hablemos ya de los oficiales y de los jefes, que se han comportado como valientes y leales.

Desgraciadamente, no puedo decir lo mismo de la Marina de Guerra, que es la culpable de la cantidad de muertos y heridos que hoy debemos lamentar los argentinos.

...Nosotros, como pueblo civilizado, no podemos tomar medidas que sean aconsejadas por la pasión, sino por la reflexión...no podemos dejar de lamentar, como no podremos reparar, la cantidad de muertos y heridos que la infamia de estos hombres ha desatado sobre nuestra tierra. Por eso, para no ser nosotros criminales como ellos, les pido que estén tranquilos, que cada uno vaya a su casa. La lucha debe ser entre soldados. Yo no quiero que muera un sólo hombre más del pueblo. Yo les pido a los compañeros trabajadores que refrenen su propia ira; que se muerdan, como me muerdo yo en estos momentos...No nos perdonaríamos nosotros que a la infamia de nuestros enemigos le agregáramos nuestra propia infamia

..Por eso yo quiero que en esta ocasión, en que sellamos la unión indestructible entre el pueblo y el ejército.”

Por alguna razón desconocida, algunos consideran a Tulio Halperín Donghi como el mejor historiador argentino de nuestro tiempo. Su pasión por la objetividad histórica se rebela en el relato que hace de los hechos: “El 16 de junio… estallaba un alzamiento apoyado sobre todo por la marina de guerra.

Luego de horas de combate en torno al edificio del Ministerio de Marina y de un bombardeo y ametrallamiento aéreo del centro de la capital por los revolucionarios, el gobierno pudo sofocar el reducido núcleo insurgente; esa noche, tras una concentración convocada por la Confederación General del Trabajo cuando aún duraban las acciones aéreas, las iglesias del centro de Buenos Aires fueron incendiadas; no resulta difícil comprender que, luego de ver caer a su lado a las víctimas del fuego rebelde, algunos de los manifestantes hayan visto en esos incendios una justa venganza; aún así, la espontánea cólera de una muchedumbre por otra parte raleada por la prudencia, no basta para explicar la uniforme eficacia que mostró n todas partes: al día siguiente otras muchedumbres comenzaban a recorrer, heridas en sus sentimientos piadosos (a veces algo improvisados), los templos cuyos muros calcinados dejaron ver –eliminados por el fuego los agregados de épocas más recientes y prósperas- los ladrillos pacientemente amontonados por los albañiles del setecientos.”

Soy la mierda oficialista

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